
- “Sus ataques habían empezado una tarde de abandono cuando su novio, un retorcido machista, la había humillado rechazando sus sollozadas súplicas de amor. (…) Se había tirado por el suelo y arrastrándose tirada a sus tobillos, le suplicaba amor mientras el malvado novio se la sacudía violentamente de sus piernas, tratando de liberarse de sus abrazos bajos. Sin parar de rogarle, le había amenazado con matarse si la dejaba, pero él, en un atisbo de humanidad, la había dejado vaciada de dolor en el piso”. – De los amores negados – Ángela Becerra.
Estaba desnuda, de cuerpo y de alma.
Inapetente, de cuerpo y de alma.
Repitiéndose incesante aquel monólogo monótono e incansable: “Se acabó, Se acabó”.
Un tórrido viento le hizo estremecer cuando al final del monólogo chocaron frente a ella los recuerdos de su pasado y la ausencia inminente de su futuro. Ya no le quedaba nada, nada más que su desnudez inhibida de cubrir, nada más que su hambre imposible de saciar, nada más que el fracaso que el desamor le había dejado, nada más que el frío de la desesperación que la acompañaría ésta, como todas las noches a bañarse en lágrimas en respuesta a su alma aún convaleciente por el dolor.
Sabía que era una causa perdida y que el grifo del agua en sus ojos había sido abierto de forma indefinida. No sabía de dónde ni cómo había sacado fuerzas para alejarse de aquello que tanto mal le hacía. Pero era conciente que seguía imposibilitada de eliminar los recuerdos que le propiciaban tanto daño. Ese sería el segundo paso, una vez recobrara el aliento y las ganas de vivir podría dedicarse a olvidar, a renovar. Pero ahí estaba el problema. No sabía si algún día volvería a levantarse, no sabía si algún día volvería a alimentarse, no sabía si algún día viviría más allá de ese infierno en que se estaba consumiendo, y lo más triste, no sabía si tenía la voluntad de hacer alguna de esas cosas.
Le dolía el cuerpo moreteado por la inapetencia y el descuido, por haber pasado noches en vela rasgándose la espalda, simulando abrazos que ya no llegarían. Abrazos dolorosos, abrazos como los de aquel amor que la había destrozado. Le dolían los labios, ensangrentados por aquellos besos no dados y extrañados; labios cuarteados, tallados con sus dientes en un abrir y cerrar de ojos lleno de rencor. Y le dolía el alma, le dolía querer tanto, le dolía el vacío, le dolía “No haber sido suficiente” para mantener el amor a su lado, acostado en su cama, a pesar de la indiferencia, a pesar de la poca ternura, a pesar de las migajas que quedaban, para mantener a ese ser inerte que la helaba cada noche junto a ella.
Sí, ese era el dolor que la consumía. El dolor que se siente cuando falta algo que es la esencia de tu vida, ese dolor de sentirse vacío y miserable y a ella le estaba faltando la “Falta de dignidad” extrañaba la humillación que vivía a su lado cada día, extrañaba la incertidumbre de no saber si el olor en su piel era el de otra mujer, extrañaba sentir su cuerpo seco y frío al hacer el amor, extrañaba ser siempre la segunda opción cuando de amor se trataba. Sí, de seguro eso era lo que le hacía falta. El haber tomado fuerzas para alejarse de ese hombre que la había destruido había sido lo único que había hecho por ella misma y pensando en ella y a pesar de haber tomado una sabia decisión, se sentía infinitamente vacía. Siempre había necesitado la aprobación de alguien para sentirse mujer. Siempre había necesitado alguien que le guiara aunque fuera por el camino equivocado, siempre había necesitado sentirse parte de algo, de alguien, de ser necesaria aunque fuera por añadidura…
“Se acabó, Se acabó” seguía repitiéndose inclemente.
Un suspiro escapó de sus pulmones abastecidos con humo de cigarrillo por días. Esa era la primera muestra de humanidad que brotaba de su cuerpo desde que todo había acabado. Arrastró sus lágrimas con su muñeca y se puso débil en pie. Miró su cuerpo lastimado y sonrió. El rojo sangre de sus labios contrastaba con la palidez de su rostro y la candidez de su mirada. Frente al espejo por primera vez no se sintió despreciable, de hecho no se reconoció. Era como si hubiera nacido en ella otra persona, más libre, más bella, con menos miedos y menos peso, no solo físico sino en el alma. Empezaba a sentir que por primera vez valía algo, era algo, independiente de todo el dolor. Sintió hambre y sintió frío, sintió un rezago de vida recorrerla entera.
Claro que seguiría extrañando su amor fracasado, claro que seguiría llorando el dolor sentido, claro que seguiría buscando encontrarse de nuevo… pero había algo que ya no extrañaba: Su dignidad, pues después de tanto tiempo, la había encontrado.